El Problema del Holmes Travestido (Parte I de II)

No puedo saber hasta qué punto las conclusiones a las que he llegado son novedosas para alguien, o siquiera sin son completamente ciertas: para mí, están a un paso de la Verdad, y aunque hay una información de la que no dispongo todavía, estoy seguro de que, llegado el momento, mis sospechas –que son algo más- se verán confirmadas.
Este caso incluye algunas figuras tan dispares como Enrique Jardiel Poncela, William S. Baring-Gould, un anónimo autor alemán de comienzos del siglo XX, y Anthony Boucher, sherlockiano y escritor de ciencia-ficción: a continuación, se planteará El Problema del Holmes Travestido, y su solución.
Hace algún tiempo, dediqué cierto esfuerzo a escribir un breve ensayo titulado La Aventura del Ineludible Duelo Eludido, que vio la luz en el nº 1 del suplemento cultural Ínsula (2005). Era una recapitulación de los diversos encuentros entre el señor Sherlock Holmes, el más famoso de los detectives, y Jack el Destripador, el más infame y tristemente recordado de los asesinos en serie. El texto, además, intentaba conciliar la reveladora tesis del señor Alan Moore (ver su imprescindible From Hell, que no el filme homónimo) acerca de la verdad sobre aquellos terribles crímenes cometidos en el londinense barrio de Whitechapel en 1888, y la participación del señor Holmes en la captura del demente cirujano de la reina Victoria, sir William Gull, el auténtico destripador, cuya identidad debería estar ya fuera de toda duda. (No es así, por supuesto. Del mismo modo, aún hay muchos ciudadanos de los Estados Unidos, y es de suponer que también en Europa, que creen que John Fitzgerald Kennedy fue abatido por un único francotirador, Lee Harvey Oswald, y que el verdugo de éste, el gángster Jack Ruby, era sencillamente un patriota. Tanta inocencia y tanto candor en pleno siglo XXI no deja de llenarme de ternura, y despierta en mí el más puro de los instintos paternales: ¿será que el mundo está poblado por confiados Watsons, y los Holmes son en realidad Moriartys que trabajan para los gobiernos, y en ocasiones, “son el gobierno”?)
Al margen de esta cuestión, debo traer aquí la primera pieza de este curioso rompecabezas: en 1962, William S. Baring-Gould, Irregular de Baker Street desde antes de 1947, y conocido entre sus compañeros de hermandad como un “aficionado a los hombres-lobo”, sacó a la luz la biografía más completa y detallada del Gran Detective. La obra tuvo por título Sherlock Holmes of Baker Street, y aunque tiene algo de pastiche en la forma, no deja de ser un ensayo holmesiano, y más concretamente, el más difundido internacionalmente, el más consultado por aficionados y escritores de pastiches, y también el más discutido y en ocasiones reprochado por los investigadores de la “línea dura” (quizás haya un ensayo más polémico, el celebérrimo Watson Was a Woman de Rex Stout, que levantó ampollas entre sus contemporáneos).
En apariencia, a la crítica no le falta razón cuando afirma que Baring-Gould recurrió en exceso a su fértil imaginación a la hora de rellenar huecos en la vida del Maestro, pero no obstante, pocos textos (los ensayos de la llamada Edad de Oro, encabezados por The Private Life of Sherlock Holmes de Vincent Starrett, o esa otra biografía, obra de Brend Gavin, con la que en 1951 se cerró toda una época del estudio holmesiano: My Dear Holmes) igualan a este homenaje en admiración, cariño, y sobre todo respeto por la figura del más emblemático de los sabuesos.
Como era de esperar, el texto de Baring-Gould plantea una tesis, en verdad sorprendente y, tras una primera lectura, revolucionaria, sobre la intervención de Holmes en los crímenes de Jack el Rojo. Para aquellos que no han tenido todavía la suerte de leerla, les recomiendo que se alejen de inmediato del presente artículo, pues me dispongo a (perdonen el chiste fácil) destripar el misterio:
El inspector Athelney Jones, a quien todos conocemos de ese novelesco asunto titulado El Signo de los Cuatro (1890), solicita la ayuda de Sherlock Holmes en el caso del Destripador: “Tiene usted carte blanche, señor Holmes”, dice el inspector.
Holmes realiza una serie de deducciones a partir de un telegrama, asegura a Watson que tiene un plan de actuación a llevar a cabo esa misma noche, y le pide (le ordena) a su amigo que no le siga en ningún momento.

Cambio de escena. Jack aborda a una prostituta fea y coja, la acompaña a casa, y cuando el Destripador se dispone a matarla, la mujer toma su bastón, saca la empuñadura que sostiene un estoque afilado, y Sherlock Holmes dice: “Suelta el cuchillo, Jack”. Hay un forcejeo en el que Holmes tiene todas las de perder. Cuando la cosa se pone realmente fea, y el detective disfrazado está a punto de sucumbir, aparece un oportunísimo Watson, que noquea a Jack con uno de sus famosos directos a la mandíbula.
Acto final en Baker Street. El Destripador era, por supuesto, el inspector Athelney Jones. Watson había deducido (muy inteligentemente, por cierto) que el bueno de Jones era Jack el Rojo, de modo que lo había seguido durante esa noche, rompiendo su promesa a Holmes, al que encontró vestido de mujer y en manos del asesino. “Extraordinario, mi querido Watson”, dice el Maestro, por vez primera, a su amigo. “Elemental, mi querido Holmes”, es la apócrifamente anhelada respuesta que da el doctor John H. Watson.
Al margen del hecho de que Jack el Destripador no era uno de esos inspectores de Scotland Yard, ávidos de apropiarse de méritos ajenos (hasta el punto de adjudicarse el dudoso honor de ser el más famoso asesino de la Historia), siempre me ha rondado la cabeza una cuestión: si Baring-Gould, hijo de un investigador serio y experto en fantasmagorías y castillos escoceses (Sabine Baring-Gould era su nombre), había escrito la biografía del Gran Detective basándose en la extensa bibliografía holmesiana que ya existía desde antes de 1962, ¿de dónde había sacado la fantástica (y acaso peregrina) idea de travestir a Sherlock Holmes para atrapar a Jack el Destripador?
(Concluirá en la próxima entrega)

Quatermain dijo
Estoy disfrutando como un enano con tus textos, amigo Alberto. Por cierto, ¿para cuando tu novela holmesianolovecraftiana?
11 Marzo 2006 | 03:29 PM