Bajo el suelo de París (I de II)
(Este artículo se publicó originalmente en el semanario Ínsula, en el año 2005)
No hace mucho, apareció en prensa y televisión la noticia de que la Surete francesa había encontrado la guarida de una sociedad secreta de aficionados al cine (¿cine prohibido?, ¿cine freak?), que había tomado los célebres corredores bajo el suelo de París, concretamente el lugar situado bajo la torre Eiffel. Como si se tratara de una moderna Corte de los Milagros, este curioso y anónimo grupo había cometido el delito de abrir una sala de proyección cinematográfica clandestina allá abajo, con su pantalla, sus silloncitos, su proyector propiamente dicho, su electricidad robada al erario público, y algunas bobinas de celuloide (quizá finales alternativos de las películas de los hermanos Marx, o el cortometraje perdido de Fritz Lang, Viaje al Centro de la Tierra, de 1917). Y todo esto en el mismo lugar donde, a mediados del siglo XIX, el célebre fotógrafo y caricaturista Nadar, amigo de Verne, realizó las primeras fotografías iluminadas con luz eléctrica, unas inolvidables instantáneas de los osarios, restos de la Revolución Francesa y el Terror de Robespierre. Como vemos, la red de túneles parisina, conformada por el complejo de alcantarillas y desagües, más todos los misteriosos pasadizos que en esa ciudad se han ido construyendo desde la invasión romana, sigue siendo hoy día el escondrijo preferido de los más simpáticos, y en ocasiones siniestros, delincuentes de guante más o menos blanco.
Les Hommes Mysterieux El señor Alan Moore, en The New Traveler´s Almanac (El almanaque del nuevo viajero), incluido en el volumen segundo de su League of Extraordinary Gentlemen, incluye una serie de comentarios francamente reveladores al respecto: Moore asegura que la señorita Wilhelmina Murray, amante de cierto Príncipe de la Valaquia, y fundadora del ya mítico equipo inglés, se topó en dichos subterráneos con su contrapartida francesa de la Liga, Les Hommes Mysterieux, un grupo imposible comandado por el ingeniero Jean Robur (un enemigo declarado de la aerostática, cuyas hazañas fueron recogidas por el ya citado Jules Verne), y en el que también se hallaban algunos enemigos irreconciliables, como el archicriminal Fantomas y el gentleman-cambrioleur Arsène Lupin, el misterioso Nyctalope, e incluso alguna entidad de origen extraterrestre (un enanito verde, marciano por más señas, traído a nuestra planeta por una expedición francesa a Marte, organizada por un tal Doctor Omega a comienzos del siglo XX). Este grupo se había aposentado en los dominios de una torturada criatura conocida como “Le Phantom”, en los sótanos de la Ópera de París, los cuales comunicaban con el alcantarillado. La batalla entre el grupo de ingleses y la alianza francesa aún está por contar, aunque esperamos que el Mago de Northampton arroje pronto luz sobre este particular.
Jean Valjean y la dama de blanco
El señor Moore afirma que Miss Murray encontró en dichos pasadizos el polémico graffitti (no podemos denominarlo de otra forma) de un tal Jean Valjean, otro “buen criminal”, cuyas andanzas a comienzos del siglo XIX fueron recogidas por el gran Victor Hugo en el enorme (en todos los sentidos) folletín que es Los Miserables. No obstante, ahora sabemos que Jean Valjean no estampó su firma en las cloacas parisinas durante los acontecimientos relatados por Hugo, sino en otro momento, posterior a aquellos sucesos, y que ha llegado recientemente a nosotros gracias a las memorias privadas de un buen amigo de Valjean, el chevalier Auguste Dupin, detective aficionado y corresponsal de Miss Murray: Valjean fue atraído de nuevo a los subterráneos por una bella mujer de aspecto etéreo, una dama blanca envuelta en velos y gasa, que se deslizó por una trampilla situada en el interior de la monumental catedral de Notre Dame. El intrépido Jean Valjean, acosado por una extraña emoción inexplicable, a caballo entre el amor y la necesidad de proteger a la dama (amén de cierta curiosidad malsana), la persiguió hasta las profundidades, donde encontró auténticos prodigios, como los esqueletos, emparedados tras una pared ya derruida, del jorobado Quasimodo y la gitana Esmeralda, encadenados y juntos por toda la eternidad. Valjean se topó también con unas criaturas gelatinosas ciegas, con forma de gusano tentaculado, que buscaban atrapar a la misteriosa dama blanca con fines en verdad obscenos, y más tarde con una banda de criminales conocida como Les Habits Noirs (Los Trajes Negros), comandada por una cruel criatura inmortal con forma humana, a la que sus acólitos llamaban Coronel Bozzo-Corona. Jean Valjean se enfrentó al maligno coronel, a las viscosidades vermiformes, y a otras muchas penalidades para salvar a la desconocida de aquella hedionda oscuridad sin cuento, cosa que logró con éxito. Sin embargo, cuando regresó a la superficie por la misma trampilla de Notre Dame, un fuerte viento se introdujo en la catedral y la dama blanca, como arrastrada por la brisa, se deshizo en jirones de humo, y Jean Valjean, el buen ladrón, ya nunca más la volvió a ver. El escritor Paul Feval habló largamente acerca de la hermandad criminal de Les Habits Noirs y de su terrible coronel en una interminable serie de folletines, y a ellos habrá de remitirse el lector para recabar información, al menos hasta que algún avispado editor español se decida a publicar las apasionantes Memoirs del chevalier Dupin.
Caballeros ladrones También es ya vox populi que Valjean era pariente de sangre del mencionado Lupin, quien heredó de él tanto su natural bondad, como su propensión a tomar lo ajeno por propio. No obstante, el lema del gentleman-cambrioleur (“Desviar la atención”), no lo tomó Lupin de Jean Valjean, sino de su padre, Theophraste Lupin, hijo del sufrido y vengativo Edmond Dantés, más conocido como El Conde de Montecristo, de quien tenemos sobrada noticia gracias a monsieur Alexandre Dumas, padre. Arsène Lupin hizo uso del entramado subterráneo de París durante toda su vida, y lo utilizó para desvanecerse ante las narices del inspector Ganimard y todos los gendarmes franceses en multitud de ocasiones, así como para penetrar en mansiones, bancos y auténticas fortalezas que guardaban tesoros ansiados por Lupin. Este mundo, a los pies de Montmartre, fue escenario de algunos de los más cruentos enfrentamientos entre nuestro ladrón bondadoso y el malvado archivillano Fantomas, quien una y otra vez intentó eliminar el único obstáculo que le impedía adueñarse primero de París, y después del mundo entero. Pero las mortales trampas de arena, fosos sin fondo, habitáculos hidráulicos, y todo un sin fin de ingenios asesinos no pudieron detener al imparable Arsène Lupin, que una y otra vez se alzó con la victoria. Aunque el paradero de Fantomas es actualmente desconocido, podemos presumir que murió durante la década de los 60, en un enfrentamiento con ese otro genio criminal que es el diabólico Doctor Fu Manchú.
No es el caso de Lupin, de quien sabemos que vive todavía en algún rincón de la Bretaña francesa, desviando la atención de sus enemigos hacia otra parte. Según nos ha notificado él mismo, goza de buena salud, y asegura que no piensa ver el nuevo filme que una productora francesa ha realizado sobre su tormentosa relación con la Condesa de Cagliostro.

Renato Bocchio dijo
que buen articulo, despeja bastantes dudas, aun que lo que refiere a -Lupin, no estoy seguro pero como es que se emparenta con Aramis Lupin 3ro, el famoso ladron de anime japones, supuesto nieto de Arsène Lupin, si tuvieras alguna informacion por ahi seria exelente si me la pasas
29 Junio 2006 | 08:44 PM