El Caso del “Keeler” Perdido
(Este artículo apareció publicado originalmente en el suplemento cultural Ínsula, en 2005)
Una de las muchas voces perdidas en el tiempo que últimamente más se hace oír es la del escritor norteamericano Harry Stephen Keeler (1890-1967). Sin término medio, tanto la crítica de su época como la actual no ha dudado en tacharlo de timador, de genio, o de loco. No hay acuerdo, por supuesto. Keeler, que nació y vivió toda su vida en Chicago, fue el autor de ese best-seller de los años 40 que tuvo por título “Noches de Sing-Sing” (Sing-Sing Nights), uno de los libros más editados y vendidos en nuestro país. Para quienes no conocen a Keeler, y su particularísima visión de la literatura, simplemente les recomendaremos que busquen los preciosos volúmenes que siempre se ven, semienterrados, en rastrillos y ferias del libro antiguo. Hablarles de los “argumentos-maraña”, esto es, las historias más enrevesadas, complejas, sorprendentes e inverosímiles que puedan imaginar, no servirá de nada si no leen por ustedes mismos alguna de esas magistrales majaderías que Keeler urdía impíamente sobre un rollo de papel continuo en su máquina de escribir, mientras escuchaba el ronroneo de su gato. El músico, dibujante de cómics y articulista a ratos, señor Sobórnez (es el pseudónimo de uno de los miembros de la banda Los Petersellers), dedicó hace años varias páginas a reivindicar la figura y obra de Keeler en el prozine “¡Invasión!”, y en este texto (ya es un clásico del articulismo friki) resumió un buen puñado de estas bizarras historias, estrafalarias incluso para nuestros tiempos, en que hemos visto disparates del calibre del “Rocky Horror Picture Show” o “Pink Flamingos”. No destrozaremos ninguno de los planteamientos aquí, sino que nos limitaremos a mencionar algunos títulos de este autor: “La cara del hombre de Saturno”, “En busca de X-Y-Z”, “El enigma del cráneo viajero”, “El misterio del ladrón violinista”, “El misterioso señor Yo” y “El camaleón” (estas dos últimas son una sola obra en dos partes, en la que el protagonista asume hasta 50 personalidades distintas), “El libro de piel de tiburón”, “El hombre de los tímpanos de oro”, “La misteriosa bola de marfil de Wong Shing Li”, “El caso del idiota de dos cabezas”, “La momia escarlata”, “El hombre que cambió de piel”... Podríamos seguir así durante un muchas más líneas, y aún no se harían una idea de lo que ocultan estos rimbombantes, y a un tiempo, algo siniestros títulos: transplantes de cerebros, cadáveres mitad hombre y mitad mujer, libros únicos impresos en hojas de color, monstruos, orientales malvados, estafadores, visiones del año 3200, excéntricos testamentos, mensajes cifrados, tiendas de antigüedades, narraciones carcelarias, y un sinfín de maravillas que Keeler dejó tras de sí en España, de la mano del editor Rafael Reus, el hombre que tuvo el exquisito gusto de publicar esos volúmenes encuadernados en tela verde, gris o naranja, con grabados dorados en la cubierta, y una tipografía que nos hacer mirar a la Times New Roman con desprecio.
“Las Manos del Cazador Ciego” Es el caso que algunas de las últimas obras de nuestro autor están publicadas únicamente en nuestro idioma o en el de algún otro país, y por si esto fuera poco, además hay novelas de Keeler directamente inéditas, que obran en manos de la Harry Stephen Keeler Society, un grupo de devotos (más que aficionados) quienes editan un boletín consagrado al maestro del enredo, “Keeler News”. Una de estas obras extraviadas es uno de los primerizos cuentos de Keeler, redactado entre 1914 y 1917, y que jamás fue incorporado a ninguna de las novelas largas. (Uno de los recursos menos innovadores de este escritor consistía en introducir sus relatos dentro de las narraciones largas; los precedentes de esta técnica son numerosos y archiconocidos, baste como muestra mencionar la primera parte de “Don Quijote de la Mancha”, de nuestro Cervantes). Nuestras investigaciones han dado con “The Hands of the Blind Hunter”, un relato publicado en 1934, en la revista pulp Outré Tales, en la que ya habían participado otros autores contemporáneos como Robert H. Blake o Jonathan Swift Sommers III. “Las Manos del Cazador Ciego” transcurre en el Chicago de 1912, y está protagonizada por un joven escritor, Herbert Simon Kennell (un trasunto del propio Keeler, evidentemente), que en la penumbra del salón de su casa, presencia la mutilación de un desconocido, y a raíz de esto se ve envuelto en una maraña de sucesos aparentemente absurdos: el robo de un martillo de oro, la aparición de una mujer azul y un cráneo parlante, el enfrentamiento entre un gángster judío y un ladrón chino, amén del continuo tableteo de una máquina de escribir embrujada, entre otros muchos dislates. El joven Kennell-Keeler cuenta, durante toda la historia, con la compañía de un extravagante delincuente irlandés llamado Altamont, un parlanchín que continuamente escupe sus frases en el slang más barriobajero, y se mueve entre los hampones, sociedades secretas y genios malvados que aparecen en la historia como pez en el agua. De hecho, es Altamont quien conduce la historia, y el escritor Kennell simplemente se ve arrastrado por el irlandés, asombrado ante los fantásticos hechos que suceden ante sus ojos. Es Altamont quien salta entre los hilos de la telaraña, y quien resuelve el misterio final de la mano cortada de Ephraim Jacobus, el cazador ciego. A lo largo de la historia (en este punto semejante a “El Misterioso señor Yo” y “El Camaleón”), Altamont se revela ante Kennell como un espía alemán, un miembro de un Tong oriental, un explorador noruego, un predicador, un fontanero llamado Escott, y finalmente, para sorpresa del joven escritor, y sobre todo del lector, como el detective inglés Sherlock Holmes.
Curiosamente, la presencia de Holmes en Chicago quedó constatada en “His Last Bow”, un relato de Arthur Conan Doyle donde se narraba cómo, justo antes del comienzo de la I Guerra Mundial, el Gran Detective atrapaba a un espía alemán (Von Bork) infiltrado en la alta sociedad inglesa, y para ellos, Holmes había pasado algunos años en Chicago, disfrazado como un traidor irlandés, introducido en las filas de la delincuencia más diversa, y por fin, convertido en servil agente de la potencia germana. Esta información nos dice que el relato de nuestro Keeler encaja a la perfección en la cronología holmesiana. No obstante, debemos señalar un punto más: los lectores de Harry Stephen Keeler conocen sobradamente la excentricidad del autor a la hora de dedicar sus muchos libros. Algunos de ellos están dedicados a Hi-Diddle-Diddle (su gato siamés), a un desconocido cirujano, a un optometrista... La dedicatoria que aparece en “The Hands of the Blind Hunter”, traducida debidamente a nuestro idioma, reza lo siguiente: “Para un buen amigo inglés, que me enseñó el modo de desenredar las marañas: tirando del hilo”.


ventayowski dijo
¿Para cuándo un INSULA internauta en el que sacudir a todos esos que se esconden bajo cobardes anónimos?
Creo que hay sistemas suficientes como para reír, reirnos de ellos, esos que se esconden.
Por cierto, ¿Holmes?
¿Quién es ese Holmes?
24 Julio 2006 | 01:57 PM