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La Coctelera

Cuaderno de bitácora del "Matilda Briggs"

Mitología creativa: artículos sobre Sherlock Holmes, el Capitán Nemo, Tarzán, Doc Savage, Cthulhu... y otros miembros de esa misma familia... por ALBERTO LÓPEZ AROCA

8 Mayo 2006

EL MANUSCRITO LUNAR

(Publicado originalmente en Ínsula, 2005)

Hace ahora una semana, hablábamos en este mismo espacio de un texto perdido del norteamericano Harry Stephen Keeler, autor de culto donde los haya. Curiosamente, resultó que el artículo tuvo cierta resonancia, pues según me comentaron algunos libreros de la recientemente clausurada Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de nuestra ciudad, el mismo día en que apareció El Caso del “Keeler” perdido, firmado por servidor de ustedes, algunos caballeros de cierta edad anduvieron por las polvorientas paradas de la feria en busca de algún ejemplar de las Noches de Sing-Sing, o de Las gafas del señor Cagliostro (creo que con éxito, he de añadir, pues en los estantes de algunos puestos pude ver los lomos en tela gris, anaranjada y verde de las ediciones de Rafael Reus, amén de algún tomo en rústica, de los de la última época). Mi amigo Juan García me aseguró este particular, y otro amigo, Javier Vidal, librero malagueño que hace ferias por toda España, lo confirmó.
Fue precisamente Javier, incondicional seguidor de Keeler, y supongo que en breve también miembro de la HSK Society de Cincinnati (Ohio), quien me puso sobre la pista de otro insólito texto perdido. Según Javier (que no quiso creer en ningún momento que el Maestro Keeler hubiera escrito sobre Sherlock Holmes, y mucho menos que lo hubiera conocido personalmente en Chicago; no seré yo quien intente sacarlo de su error), uno de estos señores que el jueves pasado preguntaron por La cara del hombre de Saturno, En busca de X-Y-Z y otros “keelers”, se detuvo en su parada de tebeos antiguos, Mortadelos y novelas de ciencia-ficción saldadas a 5 euros, para cantarle las excelencias de un libro cuyo autor no recordaba (aunque eso sí, también empezaba por K, como Keeler), y que había leído “antes del año 50, seguro”. El caballero en cuestión, “uno de los pocos que todavía usan sombrero”, siempre según Javier, tampoco recordaba el título de la obra, aunque sí sabía que el volumen era rojo, las tapas eran de cartón duro, y en la portada se veía un diminuto grabado que representaba a un embozado con sombrero de ala ancha, al estilo de la época de Esquilache y el tristemente célebre motín, y al fondo se destacaba una Luna, también grabada, con sus cráteres y todo, sobreimpresa en tinta blanca.
El argumento, que comienza en la década de 1850, giraba en torno a un antiguo manuscrito de caracteres desconocidos y extraordinarios grabados (reproducidos en nuestro misterioso volumen, aseguraba este señor) que representaban desconocidos ciclos astronómicos, y una serie de plantas que no existen en nuestro planeta. Sin duda, le dije a mi amigo Javier, se trata del llamado Manuscrito Voynich, un texto en clave que pasó por las manos de John Dee, y más tarde por la de otros alquimistas y sabios, acabó en un monasterio jesuita italiano, y a principios del siglo XX, cayó en el poder del librero Wilfred Voynich, quien se encargó de hacer llegar copias del texto (por llamarlo de algún modo) a diversos expertos en códigos cifrados. Las posteriores peripecias relacionadas con el manuscrito no vienen al caso, pues es un tema que dejaremos para otra ocasión.

Nuestro anciano caballero relató a Javier Vidal cómo el manuscrito le era entregado a una especie de misántropo parisino, el señor Dupin, que como todos sabemos, es el protagonista de Los crímenes de la Rue Morgue, de Poe, y de otros dos memorables relatos. La trama de la historia, centrada en la búsqueda de Dupin del misterioso embozado que le ha hecho llegar el manuscrito, así como en los vanos intentos del hedonista (y detective a ratos) por descifrarlo, conducía a finales del siglo XVIII, y más concretamente a la figura de un noble inglés, sir Percy Blakeney, cuyas aventuras en pos del manuscrito cifrado se contaban en la novela a través de un paquete de cartas halladas por Dupin. Entre estas aventuras se contaban las intrigas de la Comuna de París durante la época del Terror de Robespierre, y cómo Saint Just perdía el libro, cuyo origen se remontaba a alguna oscura civilización procedente de la Luna. Si todo este cúmulo de dislates no nos parece suficiente, habría que añadir que sir Percy no era otro sino la Pimpinela Escarlata, la célebre organización que, durante la Revolución Francesa, salvaba a los nobles de la guillotina, y los llevaba a otros países (como sin duda ocurrió, por cierto, con la familia del chevalier Auguste Dupin. Pero esta es otra historia).
El resto del relato, que nuestro anciano caballero relató a Javier a salto de mata, redundaba en enredos y marañas imposibles, agentes secretos selenitas y los osarios subterráneos de París, para desembocar en el encuentro entre Dupin y el misterioso embozado, que no era otro sino el mismísimo sir Percy, ya anciano, aunque todavía perseguido por algunos de sus viejos enemigos, epígonos anacrónicos de la Revolución.
Evidentemente, Javier no contaba en las estanterías de su puesto con ningún ejemplar de esta novela imposible, y su potencial cliente se marchó, como suele ocurrir, un tanto compungido.
Yo todavía no he encontrado una sola pista que apoye la existencia de este libro de tapas rojas, aunque casi puedo ver el grabado del embozado, superpuesto al astro Lunar, impreso en blanco, los cráteres en trazos gruesos, negros. Ni siquiera puedo imaginar quién será ese misterioso autor cuyo nombre o apellido empieza por K.
“Podría ser el mismo Keeler”, me dijo Javier. Y tiene razón.

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3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Da

Da dijo

Me parece muy interesante este blog porque está relacionado en parte con mis gustos literarios victorianos. Me encanta la literatura de evasión generada en el XIX, es entrañable, de lo más sórdido de Doyle a lo más esteticista de Wilde. De algún modo esa pequeña clase media inglesa era bastante más culta e ingenua que la gran clase televisiva del XXI, y por eso tenía mejores libros. Aquellos enigmas gacetilleros de Doyle, Chesterton o las típicas aventuras coloniales en la India, étc. también con esa respuesta "policial" en Francia con Leblanc o Leroux, etc. Un concepto resumido y comercializado para aquellos adolescentes de los años 50 que resolvían misterios con un bocadillo de mermelada. ¿Dónde queda esa ingenuidad?

Ahora que viene el veranito, ¿qué tal una sección de recomendaciones? Nada mejor que las tardes de verano para dedicarse a escritores y libros originales sobre aventura, misterio, detectives ... necesito recomendaciones.

Quid pro quod, como decía Hannibal Lecter, yo recomiendo primero. "Muerte en la rectoría" de Michael Innes. Si se lee con detenimiento y atención, es fantástico!

4 Junio 2006 | 02:21 PM

Alberto López Aroca

Alberto López Aroca dijo

Me alegro mucho de que te guste el blog, amigo Da. Lamento no poder actualizarlo como Dios manda, con frecuencia y esas cosas, pero en fin... prometo enmendarme. Lo que no quiero es dedicarme a escribir tontunas del tipo "me he levantado esta mañana y me he tomado una tostada", o limitarme a hacer crítica de libros que me he leído. Me abstengo.
El asunto de los cultos e ingenuos que eran los victorianos tiene tela marinera... Yo lo veo así: digamos que había dos Inglaterras, ¿no? Y si queremos, están personificadas en los estereotipos de Holmes y Watson: El buen doctor sería esa Inglaterra "culta" e "ingenua", aficionada a las novelas de marinos, tifones y aventurillas -Watson era un friki de ese autor inglés, ¿Clark Russell?-, de clase media alta, y que no tenía el menor inconveniente en partirse el pecho en una guerra (o cien) imperialista como la de Afganistán (la de entonces y la de ahora), y o en defender a su reina Victoria, que era un conspiradora, una trapichera y una tipa malísima: los que amaban Inglaterra, vamos.
Luego está Holmes, que es el gobierno en la sombra (la masonería, personificada de forma bastante explícita en Mycroft y su Club Diogenes), el mundo del espionaje, la racionalidad fría, el explotador, si así se quiere, de páíses tercermundistas.
¿Es tan distinta esa época de la nuestra? Basta con cambiar el nombre de los países. Y con respecto a la literatura y el arte que se hacía entonces, en comparación con lo que se hace hoy día... pues no sé. Tampoco me leo todo lo que sale en los Estados Unidos; me limito a lo que cae en mis manos, y sobre todo a libros anteriores a 1900. Una cuestión de gustos, a la larga.
Y recomendaciones, victorianas o no, ¿verdad? Vamos a ver:
-Las historias naturales, de Juan Perucho. Uno de mi libros favoritos. Un vampiro durante las guerras carlistas. El bien.
-La sangre de los King, de Jim Thompson. Obra maestra. En su defecto, 1280 almas, del mismo, que está accesible en librerías.
-Y por último, la serie de Parker de Donald Westlake (Richard Stark), cuya primera entrega se ha editado diez millones de veces y es conseguible. Se llama The Hunter, o Payback, o A Quemarropa.
Y ya está bien, que esto no es un ensayo.
Pero eso sí, recomendaciones...

26 Junio 2006 | 08:57 PM

Da

Da dijo

Sin embargo el Watson que escribe es un señor maduro que recuerda batallitas en la India y aventuras con Holmes. Hablamos de un médico maduro, tal vez retirado, que esconde literariamente un carácter que en absoluto es ingenuo. Pretende presentarse como un señor patriota al que le parecen muy feos los negros y muy bellas las acciones coloniales, cuando realmente lo que le interesa de tales acciones coloniales son sus rendimientos bursátiles. Me imagino al doctor Watson repasando insistentemente la sección de economía de El País como cualquier progresista de pro, al tiempo que planea un nuevo capítulo de las hazañas del señor Holmes. Watson sabe que el resultado de una batalla en Sudáfrica repercute directamente en su bolsillo. Estamos ante el prototipo de inglés inteligente que legitima la intervención colonial porque los negritos son bobos, y que justifica el tratado de Versalles porque los alemanes son muy malos. Watson no dice lo que piensa. No sabemos de dónde saca el dinero para permitirse el lujo de abandonar a su clientela y seguir a Holmes por los barrios de putas. En aquella época no existía el MIR y el apoyo estatal hacia la tecnología médica, los médicos eran muy mirados para el dinero, casi más que ahora. En aquella época los médicos eran auténticos caciques venidos a más, procedentes de familias arribistas de militares, farmacéuticos, médicos o propietarios. Watson tiene herencia porque su hermano primogénito se alcoholizó y le dejó todo. Su propia mujer le aporta una importante dote, como demuestra su creciente bonanza económica en la urbe, tras vivir en el zulo de Baker Street. El tesoro de los Sholto no está en el Támesis, no señor, sino bien invertido en las empresas asentadas en Palestina, Irak y la India. Amigo Alberto, yo tampoco creo en el victoriano "ingenuo", pero sí en la forma de escribir "ingenua".

6 Julio 2006 | 04:36 PM

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