Viajes espaciales a la luz de gas (y II)
Un lejano campo de batalla

Lo que en verdad puede resultar novedoso al lector es que la guerra contra los invasores no se libró solamente en la Tierra, sino también en Marte. Tanto Alan Moore, en la obra ya citada, como George Alec Effinger, en su relato Mars The Home Front, han explicado que el capitán John Carter combatió a estas repulsivas criaturas (a las que se suele denominar con el nombre de “sarmak”) en el Planeta Rojo, y obtuvo los más diversos logros militares sobre ellos. En buena parte, los triunfos de Carter sobre los sarmak se lograron gracias a la ayuda del misterioso Gullivar (o Gulliver) Jones, otro militar yanqui que llegó al Planeta Rojo en circunstancias no muy distintas a las de Carter (otra especie de viaje mental). Jones encontró allí a otras razas autóctonas (los “Hither” y los “Thither”), de aspecto arábigo y costumbres nómadas, amén de multitud de monstruos de todo cariz. Y por supuesto, Gullivar Jones también encontró al mismísimo Señor de la Guerra de Marte, John Carter.
Al parecer, la Alianza Marciana que Carter formó para combatir a los sarmak no tuvo parangón en ningún otro momento de la Historia de Marte: el capitán virginiano logró reunir no sólo a los hombres rojos de los que era jefe militar, sino también a los temibles hombres verdes de cuatro brazos (a cuya raza pertenecía el mejor amigo de John Carter, el guerrero marciano Tars Tarkas), a los pueblos nómadas de los desiertos (compañeros de Gullivar Jones), e incluso a los magníficos “sorn”, unos etéreos y luminosos marcianos, de los que el escritor C.S. Lewis dio noticia en una serie de novelas no demasiado popular en nuestro país.
Si algo podemos reconocer a esos repugnantes moluscos tentaculados llamados sarmak, es la capacidad que han tenido siempre para reconciliar a enemigos irreconciliables, ya sean éstos marcianos o terrícolas.
Los “Sarmak”

Sobre los sarmak, que en cualquier caso intentaron invadir la Tierra, se ha especulado mucho: algunos teóricos afirman que es una especie autóctona de Marte, y que está emparentada con los Kaldane (unas cabezas tentaculadas que viven en cuerpos humanoides prestados), aunque esto no se ha demostrado fehacientemente. La mayor parte de los estudiosos coinciden en que estos sarmak son parásitos procedentes de alguna galaxia lejana, y que infectan los mundos que encuentran a su paso. El señor Moore, de Northampton, fue algo más lejos cuando insinuó, en los dos volúmenes de The League of Extraordinary Gentlemen, que los sarmak eran en realidad unos monstruos procedentes de otra dimensión, probablemente los mismos a los que H.P. Lovecraft denominaba con el nombre de “shoggoths”: a efectos prácticos, Moore vino a decir que los primeros “invasores marcianos” que llegaron a la nuestro planeta eran, en realidad, unos parientes demasiado cercanos de algunas deidades como Cthulhu, Dagón, o Yog-Shothoth. Y es verdad que, morfológicamente, los sarmak no son tan distintos de los Hongos de Yuggoth que habitan en Plutón (según el señor Lovecraft en El que susurra en la oscuridad), o de esas criaturas nauseabundas que se arrastran por los sótanos de los edificios abandonados...
Esos ingeniosos franceses

Como decíamos más arriba, la silenciada invasión marciana abrió todo un mundo de posibilidades a los científicos de la época, lo que desencadenó un verdadero “boom” de expediciones a Marte. (Hoy día, esto no deja de resultarnos chocante, pues la NASA sigue fingiendo su interés por visitar el planeta vecino, y las sondas que buscan vida en los mares helados regresan siempre sin demasiado éxito... ¿Es tan difícil, en realidad, tomar muestras de microorganismos en un lugar poblado por leones de seis patas, gorilas de cuatro brazos, y varias docenas de especies y razas inteligentes? ¿A quién creen que están engañando?)
Fue la potencia francesa la que, a comienzos del pasado siglo XX, destacó sobre todas las demás en materia de viajes interplanetarios. Así, una de las más tempranas y exitosas expediciones a Marte de dicho siglo fue la del misterioso doctor Omega (evidente pseudónimo que oculta un apellido ilustre), que vivió las más apasionantes aventuras con un grupo de amigos aventureros, contactó con una desconocida raza de marcianos enanos (los famosos “enanitos verdes”, que ya visitaron la Tierra en tiempos pretéritos y dejaron su semilla en Irlanda y en otros países del norte de Europa), y regresó a nuestro planeta con uno de esos marcianos. El paradero de la criatura, afable, pero también revoltosa, nos fue revelado por el omnipresente señor Moore, que indicó en The New Traveler´s Almanac la presencia de dicha criatura en los subterráneos de París: al parecer, fue avistada por Mina Murray, que vio al marciano en compañía de Fantomas, Arsène Lupin, Jean Robur y el Nyctalope, esto es, Los Hommes Mysterieux. La aventuras del doctor Omega fueron recogidas por Jean de la Hire, y desgraciadamente, no existe una traducción, ni buena ni mala, en castellano. Lástima.
Los casos franceses son en verdad numerosos: el ingeniero Robert Darvel llegó al planeta vecino gracias a un ingenio inspirado en ciertas disciplinas orientales, y allí luchó en una cruenta guerra contra los Vampiros de Marte; un español, el pionero Jesús de Aragón (conocido como el Capitán Sirius), recogió el viaje a Marte del famoso astrónomo Camille Flammarion durante los años 20...

Hay docenas de expediciones, que podríamos enumerar aquí hasta el hastío. Y sin embargo, la mayor parte de ellas seguirán siendo simples historietillas fantásticas, ideadas por mentes débiles y pensadas para la evasión de los jovencitos.
No tenemos más pruebas que nuestro propio sentido común, capaz de superar los obstáculos impuestos por la ley del silencio... y eso sí, montones y montones de novelas baratas que contradicen a los que dictan los designios del Mundo.

Alberto López Aroca dijo
Una vez más, mil perdones por las tardanzas. Esta es la conclusión del artículo, aunque mi intención es continuarlo hacia atrás en el tiempo.
Gracias por vuestra paciencia,
Alberto
17 Diciembre 2006 | 11:54 PM