Algunas consideraciones sobre el profesor Lidenbrock, de Hamburgo
(Publicado originalmente en Ínsula nº6, 2004)

En el año 1863, el profesor Lidenbrock descendió por el volcán islandés Sneffels hasta el centro de la Tierra, siguiendo los pasos del alquimista Arne Saknussem (siglo XVI), y regresó a la superficie por otro volcán, situado en la isla de Stromboli, frente a Sicilia. Esta hazaña, como tantas otras proezas, la conocemos gracias a Voyage au centre de la Terre (1864), una reelaboración de los diarios de Axel Lidenbrock, sobrino de nuestro temperamental profesor, editada a cargo de monsieur Jules Verne.
La única referencia a Lidenbrock que hemos encontrado en los estudios sobre el Universo Wold Newton, planteado por Philip José Farmer y desarrollado por una ingente cantidad de mitógrafos creativos (los woldnewtonianos), aparece en un artículo genealógico de Brad Mengel acerca de la familia Rutherford —para los no iniciados, Alice Rutherford era la madre de John Clayton, Lord Greystoke, más conocido como Tarzán de los Monos—. Con muy buen criterio, aunque sin desvelar sus fuentes de información, en The Challenging Rutherfords, Mengel afirma que la bisabuela del profesor George Edward Challenger (n. 1863) fue Heidi Lidenbrock, cuyo hermano, Hans Lidenbrock, fue el padre del científico hamburgués que nos trae aquí. Mengel también subraya las semejanzas de Lidenbrock y Challenger —a la sazón, primo del señor Sherlock Holmes—, ambos poseedores de gran intelecto y un temperamento insufrible. Sin embargo, estas pesquisas se nos antojan pobres, y esperamos poder aportar nuevos datos en el futuro.
Las primeras investigaciones ya han dado su fruto: Otto Lidenbrock fue un individuo excepcional, un auténtico genio, incluso en su más tierna infancia.
En el texto fijado por Verne, leemos que en 1863 el profesor tiene cincuenta años, esto es, nació en 1813, en Hamburgo, y vivió toda su vida en la casa familiar, situada en el número 19 de la Königstrasse, una de las más antiguas calles del barrio antiguo de la ciudad. Esta casa escapó intacta del famoso incendio de 1842, que respetó la llamada “ciudad vieja”: ¿acaso la intervención de Lidenbrock y sus conocimientos sobre química aislaron el barrio con algún método anti-flamígero convencional? De momento, sólo podemos especular sobre este particular.
El verdadero descubrimiento lo encontramos en el capítulo VI de nuestro libro, durante una conversación entre el profesor y su sobrino, Axel:
—[...] ¿Te acuerdas de una visita que me hizo el célebre químico inglés Humphry Davy, en el año 1825?
—No la recuerdo, porque vine al mundo diecinueve años después.
—Pues bien, Humphry Davy vino a verme cuando pasó por Hamburgo. Discutimos largo rato, entre otras cuestiones, la hipótesis de la liquidez del núcleo interior de la Tierra. Los dos estuvimos de acuerdo en que semejante liquidez no podía existir, por una razón a la que jamás la ciencia ha encontrado respuesta.
De este fragmento colegimos la edad de Axel Lidenbrock, nacido en 1844, y por tanto en 1863 tiene diecinueve años.
Humphry Davy (1778-1829) fue un gran químico inglés, que inventó el proceso de disociación del cloruro sódico por medio de la electrólisis. Este científico, al igual que otros grandes hombres de su tiempo (Humboldt, los capitanes Franklin y Sabine), no dejaban de visitar a Lidenbrock a su paso por Hamburgo para consultarle acerca de las cuestiones químicas más palpitantes, según se explica en el primer capítulo de Voyage au Centre de la Terre. Humphry Davy pasó por el 19 de la Königstrasse en 1825, para discutir, entre otras cuestiones, la hipótesis de la liquidez del núcleo interior de la Tierra. Por aquel entones, Lidenbrock tenía solamente ¡doce años! ¿Es posible que este niño tuviera conocimientos científicos de tal calibre? Y lo que es más, ¿se había labrado tal reputación que algunos de los más importantes investigadores de su tiempo le consultaban sus dudas? Parece que sí. Pero ¿cómo es posible?
Es público y notorio que en 1863, Lidenbrock era un celebrado profesor del Johannaeum, y conservador del Museo Mineralógico. Podemos colegir, por las referencias que aporta el texto de Axel Lidenbrock-Verne, que el profesor nunca salió de Hamburgo, y por tanto, él mismo fue estudiante del Johannaeum. La única publicación conocida del profesor es un Tratado de cristalografía trascendental, publicado en Leipzig en 1853, una obra maestra, ilustrada con bellos grabados, cuyas ventas no cubrieron los gastos de impresión.
Y antes de esa fecha, la nada más absoluta.
De todo esto, podemos deducir, como haría el Maestro de Baker Street, la evidencia de que Lidenbrock fue lo que hoy llamamos un niño prodigio, un superdotado, como también lo fue Mozart. Los progenitores del joven Otto (Hans y su esposa, cuyo nombre desvelaremos en el estudio genealógico sobre la insólita familia Schultze) debían de ser personas inteligentes y acaudaladas, pues percibieron enseguida el genio de su hijo, e hicieron cuanto pudieron por abrir todas las puertas posibles para que fructificara. Sin duda, los Lidenbrock eran, allá por 1813, una familia influyente en Hamburgo, que consiguió que los profesores del Johannaeum impartieran clases particulares a su hijo. No nos cabe la menor duda de que la fama internacional de que Lidenbrock hacía gala en su madurez fue fruto del reconocimiento de su increíble intelecto por parte de las instituciones de su época, y que dicha fama se vino abajo tras el malogrado viaje al centro de la Tierra.
El llorado señor Juan Perucho insinuó en alguna ocasión que tenía en su poder parte de la correspondencia intercambiada entre Lidenbrock y el naturalista catalán Antoni de Montpalau, y un lector ingenioso podrá encontrar en otras obras de Verne, la huella —e incluso de la presencia— de Lidenbrock y su insólita familia. No olvidemos en ningún momento que, lejos de ser un mentiroso, Verne fue un perfecto encubridor de sus amigos, y no dudó un momento en hacer pasar por ficción lo que hoy debería figurar en los manuales de Historia de la Ciencia.

jc dijo
Curioso artículo el que nos presenta aquí el señor Aroca. A lo largo del mismo parece observarse una cierta admiración del autor por el personaje verniano Lidenbrock. Pues bien, en mi modesta opinión éste no es nada más que uno de los muchos y nada originales egoístas, avariciosos y ególatras personajes que Julio Verne solía presentar en sus libros, para consumo y disfrute de un público permanentemente acomplejado.
Más debería fijarse, señor Aroca, en ése otro que le pasa prácticamente desapercibido en su discurso. Me refiero al eminente humanista, y no alquimista como despectivamente ha dado en llamar usted, supongo que por influjo verniano, Arne Saknussem.
Sobre este personaje se podrían escribir infinidad de libros, a razón de la documentación que dejó escrita, y de la que existen cumplidas pruebas en la biblioteca familiar de la Casa Real de los Austria, en concreto en la ingente colección acumulada por Felipe II.
¿No se le ha ocurrido pensar a usted, amigo Aroca, cual fue el motivo del viaje-descubrimiento de Saknussem al Sneffels? Las extraordinarias ideas y pruebas aportadas por Saknussem a las fortunas y mecenas del momento acerca de la distribución vertical del globo terráqueo no fueron tomadas muy en serio. Pero llamaron poderosamente la atención del monarca español, ávido de recursos económicos capaces de sufragar los enormes costes de mantenimiento del imperio. América no era suficiente y además, quedaba muy lejos. Los diamantes en bruto que Felipe II vió en la oscuridad de su lóbrego alojamiento bastaron para convencerle y financiar la expedición. Y promesas de montañas de oro, que sólo requerirían agacharse a recogerlas...
En fin, tal vez deba investigar usted, señor Aroca, esta otra vía y tal vez, sólo tal vez, descubra una nueva perspectiva de algunos sucesos de esos convulsos años.
Au
21 Diciembre 2006 | 10:02 AM