Another East Wind Coming: Sherlock Holmes y la II Guerra Mundial (I de II o III)

Los aficionados a la figura del señor Sherlock Holmes, detective consultor, saben perfectamente que las noticias oficiales (o canónicas) acerca de sus actividades cesaron en la primavera de 1927 con la publicación del relato “The Adventure of Shoscombe Old Place” (La Aventura de Shoscombe Old Place), el último texto de John H. Watson editado por Sir Arthur Conan Doyle. Esta crónica relata un suceso que se remonta a 1902 (según la cronología de Baring-Gould) o 1894 (de acuerdo con Gavin Brend)... Es, en cualquier caso, muy anterior a la que es, cronológicamente, la última aventura recogida del Maestro: aunque no fue obra del doctor Watson, “His Last Bow” (Su último saludo en el escenario) cuenta la nada sutil intervención del señor Sherlock Holmes en los acontecimientos que desembocarían en la I Guerra Mundial, conocida en aquel entonces como La Gran Guerra.
Por última vez, en 1917, y más concretamente, en el prólogo a la edición en libro de His Last Bow, Watson da noticias de Holmes, que “vive todavía, y fuera de algunos ataques de reumatismo que de cuando en cuando lo traen derrengado, goza de buena salud”. Dice Watson que su buen amigo sigue viviendo en una casita, a diez kilómetros de Eastbourne, dedicado a la Filosofía y la Agricultura, y esta sí que es la última noticia completamente fiable de la vida de Sherlock Holmes, pues nadie puede asegurar al cien por cien que la redacción de “La Aventura del soldado de la piel decolorada” y “La melena de león”, crónicas redactadas por el mismísimo Maestro, fueran escritas en fecha muy cercana a su publicación en 1926 (aunque lo cierto es que nosotros así lo creemos).

Desde entonces, los rumores acerca de las actividades de Sherlock Holmes se han multiplicado, y a estas alturas, nadie es capaz de asegurar que el inmortal detective no sea realmente un inmortal que, desde algún rincón de Inglaterra, sigue ejerciendo sus indudables poderes deductivos para atrapar al malvado e impartir justicia: por ejemplo, el señor Edmund Aubrey aseguró que Sherlock Holmes había intervenido en la investigación llevada a cabo para esclarecer el asesinato de John Fitzgerald Kennedy en noviembre de 1963 (Aubrey, “Sherlock Holmes in Dallas”), y el señor Val Andrews, uno de los más importantes (y en nuestra opinión, fiables) editores de crónicas “post-canónicas”, ha insinuado en varias ocasiones que Holmes seguía vivo en la década de los años 50 (Andrews, “The Ghost of Baker Street”). Por su parte, el señor Philip José Farmer afirmó en su prólogo a “The Adventure of the Peerless Peer” que la casita de campo de Fulworth donde Sherlock Holmes se retiró fue vendida a finales de los años 50 y pasó a ser propiedad del Duque de Denver.

Aunque muchos de nosotros, fervorosos creyentes, deseamos pensar que el Maestro sigue vivo, lo cierto es que no tenemos muchos agarraderos para aferrarnos a semejante afirmación. Si así fuera, el Gran Detective tendría más de ciento cincuenta años a día de hoy... ¿Nos atreveremos a descartar esta posibilidad? ¿O nos limitaremos a considerarla como “lo improbable, una vez descartado lo imposible”?
No obstante, las referencias a las actividades desempeñadas por Sherlock Holmes tras su retiro son tantas, y en algunos casos, tan detalladas, que no podemos menos que pensar que cuando Watson, en el ya citado prólogo a His Last Bow, aseguró que Holmes había “desechado los más espléndidos ofrecimientos” para hacerse cargo de nuevos casos, estaba mintiendo, o simplemente, se equivocaba de punta a punta: así, sabemos que el buen doctor tenía buenos motivos para no relatar los diversos encuentros entre Sherlock Holmes y Arsène Lupin, el ladrón de guante blanco que cruzó espadas con Holmes por primera vez en julio de 1902, y que logró sacar al Maestro de su retiro en 1904, 1908 y por última vez en 1909, con resultados nada halagüeños (siempre según Maurice Leblanc, el nada imparcial cronista de Lupin) para Holmes. Roberta Rogow editó un manuscrito de Watson que explicaba la visita en 1905 de Franklin Delano Roosevelt y su señora a la casita de Holmes en Fulworth; el citado Val Andrews ha rescatado diversas peripecias de Holmes y Watson fechadas en 1904, 1907, 1911, 1916, 1918, y 1922, entre otros años, así como parte de su relación con el mago e ilusionista Harry Houdini (Ehrich Weiss); Farmer recogió el encuentro entre Holmes y Lord Greystoke (más conocido como Tarzán de los Monos) en 1916, así como su reencuentro y enfrentamiento final con el alemán Von Bork; Frank Belknap Long, con la ayuda del amanuense Peter H. Cannon, relató las andanzas de Howard Philips Lovecraft con el Maestro en el New York de 1925; Julian Symons escribió acerca del encuentro, en 1922, entre Holmes y una joven periodista llamada “Mantle o Maple”, que poco tiempo después se convertiría en una brillante investigadora privada... Incluso el gran Gilbert K. Chesterton recogió el encuentro entre un discreto Sherlock Holmes y el celebrado Padre Brown, que tuvo lugar durante el caso de “The Man With Two Beards” (El Hombre con Dos Barbas). Los ejemplos de estas aventuras se encuentran desperdigados aquí y allá, y en muchos casos, tienen el sabor y el tacto de lo auténtico, esto es, lo canónico.
Todo esto, claro está, sin mencionar a la larga lista de individuos, tan reales y tangibles como el mismo Holmes, que se han atribuído el indudable honor de haber sido discípulos del Maestro en su retiro: James Clarke Wildman (a quien el mundo conoce como el aventurero y bienhechor Doc Savage), Sir Timothy O´Theodore de Belfast (aristócrata irlandés afincado en Inglaterra, que se hizo popular bajo el nombre de Tim O´Theo gracias al historiestista español Joan Raffart “Raf”), el discutible y casi desconocido ghost-finder racista Arnold Rhymer... Incluso el más escandaloso de los émulos del Maestro, el señor Solar Pons de Praed Street, rindió homenaje a Holmes en 1932, cuando lo visitó en Fulworth y colaboró con él para resolver un caso, si atendemos a las anotaciones del doctor Lyndon B. Parker, recogidas por el difunto (aunque incombustible) August Derleth.
Esto debería dejar bastante claro que el retiro de Sherlock Holmes fue un hecho bastante relativo, y que el cese de la publicación de sus aventuras tuvo más que ver con la escasa inclinación del doctor Conan Doyle hacia el Maestro, y quizás, con los continuos y variadísimos deberes maritales (amén de la edad) de Watson, que con un verdadero cese de las actividades profesionales del Maestro.
Y quizás, Sherlock Holmes también deseaba que su anonimato fuera algo permanente. Por eso no nos sorprende que todas estas aventuras hayan salido a la luz muchos años más tarde de que sucedieran, y que más concretamente, sus intervenciones en el mayor conflicto que ha conocido nuestro mundo, el que hizo que la Gran Guerra se convirtiera en la I Guerra Mundial, sigan, en buena parte, ocultas en las sombras de polvorientos desvanes, en oscuros archivos de servicios secretos de diversos países... y no en la famosa cajita metálica que Watson depositó en la banca Cox & Company.
(Continuará)

Luis dijo
Bueno, yo es que soy de esos fans a los que les da tanta rabia que zarandeen de aquí para allá el cuerpo de su héroe, que ya desde luego no quisiera verlo incorrupto...
En otro orden de cosas, según el famoso cómic "Gotham By Gaslight", un famoso discípulo de Sherlock Holmes -y de Sigmund freud, por cierto, de cada uno de estos genios en su campo correspondiente- sería nada menos que... Bruce Wayne... alias "Batman".
7 Febrero 2007 | 02:59 AM