HARRY DICKSON Y EL SABUESO DE LOS BASKERVILLE: LA ISLA DEL TERROR
Ha llegado el momento de que en esta bitácora hagamos un hueco al polémico señor Harry Dickson de Baker Street, uno de los muchos sucesores del Maestro junto con los señores Solar Pons de Praed Street, Sexton Blake (también de Baker Street en algún que otro momento), el australiano Allan Dickson, Sir Timothy O'Theodore de The Chimneys (en Acorn Village), y tantos otros detectives cuyas hazañas y buenos haceres nos han llegado gracias a las crónicas de los más diversos autores.
En un futuro cercano -por no decir inmediato- dedicaremos un espacio prudente a recopilar determinadas informaciones sobre el señor Harry Dickson, sobre todo en lo que se refiere a su relación con el señor Sherlock Holmes... Aunque en alguna ocasión hemos sugerido que Dickson, al contrario que el Maestro, es un personaje ficticio, ahora debemos intentar demostrar todo lo contrario. Esto se debe, entre otros motivos, a la dificultad que existe para, sencillamente, definir lo que podríamos denominar "El Canon Dicksoniano". Tiempo al tiempo.
Resulta evidente que la relación entre los dos sabuesos existe, pues parece que Dickson, un neoyorquino afincado en Inglaterra desde su infancia, tenía su cuartel general londinense en las mismas habitaciones (o unas muy parecidas... nunca se sabe) que Sherlock Holmes y el doctor John Watson. Y hay más indicios: En el relato breve titulado "El Profesor Krausse" incluido en el volumen La Estrella de Siete Puntas, (número 40 de la edición de Júcar, y 141 de la edición original, 1935; incluye "L'étoile à sept branches", "Le Professeur Krausse" y "Le rituel de la mort", éste último es un relato que comentaremos a su debido tiempo), Dickson asegura haber trabajado para la Inteligencia Militar durante la I Guerra Mundial. Todo esto nos sugiere una conexión con el Club Diógenes -que según muchos investigadores, como este autor, parecía tener vínculos con el Foreign Office y la Inteligencia Militar británica-, y por lo tanto, con el señor Mycroft Holmes, hermano mayor del Gran Detective. ¿Fue quizá a través de Mycroft -quien conservó las habitaciones de Baker Street tal y como Sherlock Holmes las había dejado durante su largo periplo de tres años que los sherlockianos conocemos bajo el nombre de Gran Hiato- que Harry Dickson consiguió el afamado domicilio? ¿O quizás se lo legó el ya mencionado Sexton Blake, que también tenía relaciones con las instituciones dedicadas al espionaje internacional?
No redundaremos ahora en este asunto, pues queremos dar noticia de uno de los casos más curiosos de Dickson, ya que posee una serie de reminiscencias indudablemente holmesianas que los estudiosos e investigadores no deberían haber pasado por alto durante tantos años.
La Isla del Terror (L'île de la terreur), que se publicó en España como número 28 de la serie de Júcar, y corresponde al número 91 de la edición original (1933), es toda una caja de sorpresas para el lector holmesiano. El planteamiento, debemos admitirlo, despista bastante, pues el relato trata de un joven burgués rico, Harvey Dorrington (un nombre que nos recuerda al de Henry Baskerville) propietario de una isla "en el último extremo de las Hébridas", que repentinamente queda arruinado por sus malas inversiones. Sus abogados (dos personajes francamente entrañables, los señores Smiles y Corming) sorprenden al señor Dorrington con una inesperada salida honrosa para su situación: Alguien que se esconde tras el anonimato le ha propuesto proporcionarle una renta de 4.000 libras anuales a este caballero si se traslada a vivir a la Isla de Cat-Rock. Como no puede ser de otro modo, los habitantes de la isla están terriblemente asustados porque "pasa algo malo". Sulkey, uno de los guardianes del castillo Duncan en Cat-Rock, lo explica en una carta a Dorrington en los siguientes términos:
"...por quinta vez este año, ha vuelto la cosa que no tiene nombre para sembrar el terror en el castillo y la isla. Todas las luces se apagan en la casa, los fuegos se extinguen, voces horribles suenan en los pasillos. En lo alto de la torre aparece un monstruo gigantesco, tan grande que llega hasta las nubes. Todos nosotros tenemos mucho miedo. Pero lo más terrible es que tres pescadores de la aldea de la parte norte han sido encontrados muertos en la playa. Su cara daba miedo verla, se trata de la cosa que no tiene nombre que les ha hecho morir de miedo".
A todo este barullo de fantasmagorías, cadáveres y monstruos, hay que añadir la inexplicable aparición de una bellísima joven amnésica que ha surgido de las aguas, y ahora vive acogida por los guardianes del castillo.
Igual que el bueno de Watson en el asunto de Baskerville Hall, el joven Tom Wills, ayudante del señor Harry Dickson, es enviado en solitario hasta la Isla de Cat-Rock para evitar que nada malo suceda al señor Dorrington... Pero alrededor de Wills, se suceden los acontecimientos más extraños e inverosímiles, y su jefe, por supuesto, no da señales de vida...
La presencia del señor Dickson en esta novelita no es más que una sombra, eso sí, omnipresente, exactamente igual que la sombra del señor Holmes que planea sobre los páramos de Dartmoor en El Sabueso de los Baskerville.
Pero las "coincidencias" no quedan ahí: En este relato también hay un preso que se ha fugado de la prisión de Dartmoor, criados con actitudes sospechosas, una vieja historia que se proyecta a través del tiempo, e incluso un gigantesco perro de ojos llameantes cuya silueta es entrevista bajo la luz de la luna llena, recortada sobre un monte cercano.
Y por supuesto, hay traidores con motivos para desear y realizar el mal.
***
No me resulta difícil imaginar al señor Harry Dickson, en algún momento del año 1931 o 1932, de retiro vacacional en una casita de campo en Sussex, en un lugar llamado Fulworth (a 8 kilómetros de Eastbourne, ¿saben?), reunido con su viejo mentor junto a la chimenea, degustando un buen whisky escocés y fumando en pipa:
-Un caso muy instructivo este que cuenta usted, amigo Dickson -dice el anciano, dueño y señor de la casa. Al otro lado de la ventana está oscureciendo, y ya no se oye el zumbido de las abejas en sus colmenas-. No obstante, podría hablarle de algún asunto muy semejante, que le precedió en el tiempo. Aunque seguro que usted ya lo conoce.
-Maestro, ¿se refiere al caso Kordell-Schroeder, en New York, en 1840?
El anciano sonríe y deja escapar el humo por las comisuras de los labios.
-No, mi querido Dickson, aunque un compatriota de usted, el señor Nichols, tuvo a bien enviarme información sobre aquel crimen hace algunos años: Aún sigo rellenando huecos en mis archivos, más por hábito que por otra cosa... En realidad me refiero a un curioso problemita que tuvo lugar cerca de las marismas de Grimpen, en la mansión familiar de los Baskerville. ¿Le resulta familiar?
Ahora le toca el turno de sonreír a Harry Dickson.
-Por supuesto que sí -responde-. Pero me encantará escuchárselo a usted, si me hace ese honor.
-Cómo no, amigo mío. Cómo no.
Y Sherlock Holmes comienza a hablar de un bastón, uno de los llamados "abogados de Penang", que un médico rural ha dejado olvidado en Baker Street...



Luis dijo
Viva Jean Ray. Difícil encontrar autor más personal, más raro, más dado a atmósferas de un goticismo exacerbado (Que diría Paul Naschy) y al mismo tiempo con ese punto de intimidad un tanto esquizofrénica y algo agobiante...
De Harry Dickson, sin embargo, reconozco que no he leído los relatos originales. Es un personaje que conozco más bien a través del cómic. Me echa para atrás que, por lo que sé, da muchos altibajos en cuanto a calidad. Pero este relato que presenta usted hoy lo leería con gusto, menudo fragmento nos ha extractado...
Y hablando de fragmentos, que gran idea terminar con ese otro. ¿Se trata de un micropastiche o de un avance?
15 Febrero 2010 | 11:55 AM