"FRANKENSTEIN", DE 1910 (con subtítulos en castellano... y un micropastiche sherlockiano)
Esta semana comenzamos con un interesante rescate, la adaptación de "Frankenstein" de Mary Shelley, en su primera versión cinematográfica, editada en 1910 por la Productora Edison (un caballero, este Edison, que ha dado pie a algunas obras mitográfico-creativas, sobre todo por su mafiosa relación con Nikola Tesla).
Yo mismo he traducito los carteles al castellano, y como siempre, Ricardo González, responsable del blog Cine Gárgola, ha realizado los subtítulos.
Además, os ofrecemos un micropastiche sherlockiano, donde se recoge una declaración nunca antes editada del inspector G. Lestrade, donde se aproxima a un caso que el doctor John Watson jamás se atrevió a mencionar... "La Aventura del Hombre Muy Alto" (de la que el doctor Conan Doyle, por cierto, sí que realizó un esbozo... aunque dudamos de que se trate del mismo asunto).
Que ustedes lo pasen bien.
EL CEREBRO CRIMINAL
Una reminiscencia del inspector Lestrade (1845-1928), de Scotland Yard
En versión castellana de Alberto López Aroca
Bien sabe el Buen Señor que no soy el más astuto de los hombres, pero eso no me convierte en el más crédulo. Quizás por ese motivo, mis superiores juzgan que soy un fiable servidor de la ley, un cumplidor agente de Scotland Yard y de la Corona, que jamás inventaría paparruchas e historias ridículas.
A veces he pensado que por ese mismo motivo, el señor Sherlock Holmes nunca ha hecho caso de mis sugerencias con respecto a su posible ingreso en el Cuerpo. Y puede que sea por ese mismo motivo, porque no soy un hombre de pensamientos largos, sino de acciones inmediatas y expeditivas, que me sorprendió tanto ver al señor Holmes arrebatarle su Webley al bueno del doctor Watson, y vaciar el tambor sobre aquella criatura que acabó por escaparse de nosotros mientras corría por encima de las tumbas.
El gusto de Sherlock Holmes tiende a las explicaciones insólitas y a los detalles novelescos, pero en lo que respecta a G. Lestrade, servidor público de todos ustedes, las historias de hadas y los crímenes improbables quedan fuera de la jurisdicción del Yard. Prefiero un buen motivo, un móvil plausible, y la indefectible respuesta a la básica pregunta de "¿quién se beneficia?", antes que un montón de mediciones absurdas, especulaciones sobre el comportamiento humano, y trucos baratos de salón.
Lo cual tampoco me permite negar la utilidad de los métodos del señor Holmes en el campo de la investigación criminal, y ya puestos, me hace reflexionar acerca de la verdadera destreza de Sherlock Holmes como tirador con armas de fuego.
Mandé un billete a Baker Street con una breve nota en la que requería la inmediata presencia del señor Holmes en mi oficina, y en un par de horas disfruté de la compañía del detective consultor y de su amigo, el doctor Watson. Allí, le expliqué a ese aficionado a la criminología que ya me había servido de ayuda en algunas otras ocasiones, los minúsculos detalles referentes a un oscuro asunto sobre el que ni yo ni mis compañeros habíamos logrado arrojar luz alguna: el joven inspector Stanley Hopkins afirmaba que las dos mujeres que habían sufrido mutilaciones de extremidades (el brazo derecho en uno de los casos, el izquierdo en otro caso distinto, unos días antes) estaban relacionados con algunas denuncias cursadas en las inmediaciones de cierto hospital londinense... Se trataba de una teoría que el inspector Gregson, y yo mismo, refutamos entre risas y, he de añadir, de manera bastante convincente.
No obstante, el señor Sherlock Holmes no consideró prudente descartar las fantásticas elucubraciones de Hopkins, y hube de acompañarlo cuando decidió interrogar a varios médicos del hospital. Al igual que yo, el doctor Watson se sintió escandalizado cuando su amigo sugirió que un miembro de la profesión hipocrática podría estar detrás de aquellos crímenes tan horribles y diversos, pero Holmes señaló con su habitual perspicacia de aficionado que en nuestros casos de profanaciones de tumbas, los cadáveres -a la sazón, mutilados- también pertenecían a miembros del sexo femenino.
Señalaré que durante nuestras pesquisas, que en verdad fueron muy breves, dimos con un joven estudiante de Medicina, cuyo apellido no mencionaré aquí, y que estaba en posesión de unos misteriosos diarios científicos escritos por un médico ginebrino, fechados en los últimos años de 1790.
Según diversas declaraciones, recogidas por agentes de Scotland Yard -y más tarde corroboradas por las investigaciones privadas del señor Holmes-, el aspirante a médico se había dejado ver en algunos lugares de mala reputación en compañía de un mendigo extremadamente alto y con el rostro cubierto por harapos, como si deseara ocultar alguna excepcional deformidad que permitiera identificarlo. Detuvimos y encerramos al estudiante, y aunque mis esfuerzos por arrancarle una confesión fueron grandes, hubo de ser el señor Holmes quien, a solas en la celda de nuestro prisionero, logró conseguir algunos datos que, como suele acostumbrar, no compartió con los legítimos representantes de la autoridad.
El detective fue el responsable del fiasco en el cementerio, aunque admito que su plan era excelente: tanto él como su amigo Watson se ocultaron en las proximidades de la tumba de una mujer recientemente ajusticiada, y yo mismo los acompañé en su escondrijo. Algunos de mis hombres, por indicación de Holmes, se hallaban apostados, vestidos de paisano, en las entradas y salidas del camposanto.
Y tal y como Sherlock Holmes había predicho, aquel gigante desgarbado apareció entre la niebla, recogió un pico y una pala escondidos en unos setos, y se dispuso a excavar en la tumba de la fallecida asesina.
Nadie podrá reprenderme por haber dado un aviso al profanador, que tenía derecho a rendirse ante la ley, y no obstante, el señor Holmes le arrebató el revólver a su amigo y disparó repetidas veces sobre la figura, antes de que yo pudiera reaccionar.
Asimismo, podría jurar, aunque no lo haré, que todos los disparos dieron en su blanco.
Y no obstante, con mis propios ojos vi cómo esa cosa salió huyendo, dando unos saltos imposibles entre las lápidas, y del mismo modo, pasó por encima del muro del cementerio para diluirse en las tinieblas de la noche.
Tres días después de estos sucesos, el señor Sherlock Holmes envió a mi despacho una nota en la que me instaba a "considerar el incendio del sótano de una casa de huéspedes en Whitechapel el día de ayer, con relación al asunto del frustrado doctor ________", lo que indicaba que detrás de la conflagración quizá hubiera estado el mismo Holmes. También me pedía que echara un vistazo al recorte de prensa que adjuntaba en el sobre: Se trataba un horario de entradas y salidas del puerto, donde el detective había subrayado el nombre de un carguero con destino a América.
La nota terminaba diciendo: "Nuestro hombre ha escapado. Al menos, parece que no volverá a reincidir en nuestro país, pero en cualquier caso, notificaré su existencia a mis contactos en los Estados Unidos".
Debajo de la firma de Sherlock Holmes, el detective había añadido una línea, escrita quizá con cierta premura, que decía:
"Bien pensado, aunque no hay duda de que se trate de un auténtico ‘cerebro criminal', quizá me haya extralimitado al denominarlo ‘hombre', ¿verdad, Lestrade?"
El joven estudiante, que nunca llegó a ser médico, fue puesto en libertad sin cargos y se marchó a vivir con su familia, fuera de Londres. Nunca le volví a mencionar al señor Sherlock Holmes este asunto, ni él me dijo nunca una sola palabra al respecto.
Y yo tuve que escribir un largo e inútil informe que aún conservo, y que en nada se parece a éste.

(Ilustraciones de Bernie Wrightson, otro Maestro, para Frankenstein y El Tonel de Amontillado)


Evil Preacher dijo
Gracias: como en otras ocasiones recientes, conocía la película (de hecho la tenía reservada en un rinconcillo desde los inicios del Predicador, con idea de hacer un día de estos un post sobre Frankenstein que no sé si haré alguna vez) pero, una vez más, jamás lo había visto con subtítulos en castellano.
Berni es el mejor dibujante de su generación.
En cuanto al relato, la idea de un Lestrade narrador, me parece excelente: abre un montón de posibilidades interesantes.
9 Marzo 2010 | 09:33 PM