SEMANA NEGRA 2011: crónica sentimental (y de caballerías)
En la Casa de América en Madrid dije que una de las características fundamentales de la Semana Negra es que allí "la información fluye". Eso es lo que yo he experimentado este año y en la pasada edición: La información se transmite de forma constante e ininterrumpida, en pegotes minúsculos que vuelan de mesa en mesa durante la comida y la cena y las copas, o transportada en pesados palés. En la Semana Negra hay memes (unidades de información viviente que se autorreplican para cumplir sus funciones reproductivas, para su persistencia, permanencia y pervivencia a través del tiempo y el espacio) de todos los tamaños, colores, sabores y olores: Memes pequeñitos, concentrados y ácidos como petazetas en la lengua, como un aguijonazo, como un simpático cotilleo malicioso, como un oscuro secreto que a nadie le importa. Memes enormes, egregios, trascendentales, grandes como un monstruo de mil tentáculos surgido de los abismos. Memes recombinados y retorcidos, memes insólitos (memes únicos pero no irrepetibles), memes recién nacidos en el mundo y cuya esperanza de vida será larga gracias a la Semana Negra.
Un acuerdo de tertulia, allá, bajo la Carpa del Encuentro: "Todo está por escribir". Y todos asentimos con la cabeza. Amén.
Este año no sólo fluye la información, sino también las emociones, que están a flor de piel. He visto correr lágrimas en los salones del Ayuntamiento de Gijón, donde unos señores del siglo XIX, colgados de las paredes, nos arrojaban sus miradas de desaprobación. Esos caballeros, a fin de cuentas, están muertos. Los otros que también nos miraban mal están muy vivos, y por desgracia, muy presentes en las mentes de los que andamos por allí. Qué desperdicio de energía mental.
Para aquellos que no conozcan los antecedentes: La actual corporación del citado ayuntamiento quiere deshacerse (defenestrar, asesinar, quizá también sodomizar previamente a la ejecución) de la Semana Negra. El rectorado de la Universidad de Gijón también ha aportado su granito de arena, en la forma del archiconocido "muro de la vergüenza", una valla de chapa -idéntica a la de los edificios en construcción- que ha costado no menos de 60.000 euros (una nadería en estos tiempos de bonanza económica para los bancos y sus perros), y que se ha convertido en un símbolo de la infamia: una página que habrá de añadirse a la General Estoria. Si los responsables de que esa aberración kilométrica se arrogan también la representación de la cultura y la educación de Gijón, deberíamos tener el cuadro completo... aunque a los monigotes se les ven los cables, por supuesto, y si uno sigue los hilos, alcanzará a ver las manos que manejan a los títeres, las manos de esos Belas Lugosis de tres al cuarto que en la oscuridad de sus despachos fantasean y vomitan obscenidades mientras susurran el consabido "I pull the strings!"
Un cuadro reaccionario y fascista, un cuadro que refleja el odio y la ignorancia supina de unos mandatarios que se escudan tras la palabra democracia, cuando no conocen su verdadero significado ni aunque lo miren en el diccionario, ni aunque Melinda Gebbie les haga un croquis, ni aunque el significado les muerda en el culo, como antes o después sucederá. (Pero se les llena la boca de democracia, como si se les llenara de virilidad. Los de Gijón no son los únicos que han intentado desposeernos de nuestras voluntades, por supuesto. Los hay por todas partes y hasta en el último rincón no sólo de España, sino del resto del mundo. Tengo la información. Ha fluido en la Semana Negra. Los memes ponen huevos en nuestros cerebros, doctor Monteverde. Y eclosionan).
Tal situación ha dado lugar a prodigios espontáneos como el aplauso que Paco Taibo recibió durante la recepción en aquella siniestra sala de los cadáveres del pasado, donde los frutos secos se pasaban de bandeja en bandeja como si fueran caviar, margaritas para los cerdos. Un acuerdo general, una emoción compartida, una decisión inamovible: Estamos con la Semana Negra, estamos contra esos villanos de opereta. No vencerán.
Algo, un espíritu combativo (no diré vengativo en ningún caso), un espíritu intenso se ha apoderado de los invitados de la Semana Negra: Hasta el señor Ramsey Campbell, que quizá no estuviera del todo ajeno a todas estas cuestiones, se dejó llevar y permitió que la información más personal fluyera en público. La compartimos y la sentimos. Más lágrimas.
La información fluye en la Semana Negra como el río de sangre que surge al abrir las puertas del ascensor. Todos acabamos empapados, mirándonos unos a otros, como si nos preguntáramos: "¿Todo ESTO puede ser cierto? ¿Quién querría destruir la Gran Pirámide? ¿Quién desea prender hogueras de libros?"
Las más poderosas armas de construcción masiva están preparadas: Las perlas twiterarias que José Luis Zárate suelta aquí y allá como si estuvieran tiradas por el suelo y sólo él pudiera verlas; las encendidas palabras de Paco Taibo, que arden constantemente, como ese cigarrillo que no se acaba nunca, el cigarrillo que Paco, en secreto pero a voces, anhela poseer; el incorruptible humor de Rafa Marín y Juanmi Aguilera, que llevan demasiado tiempo casados -Rodolfo Martínez dixit-; las desconcertantes y aplastantes teorías e hipótesis -fisiología-ficción, antropología-ficción, metafísica-ficción...- de Eduardo Monteverde, quien es capaz de hacernos dudar no de nuestros propios pensamientos, sino de nuestros propios cerebros y su utilidad y su consistencia y su durabilidad y su madurez; la impasible presencia y certeros juicios de ese sabio llamado Sébastien Rutés, que mira al mundo e intenta contenerlo y mantenerlo en cada una de sus miradas; la imposible sinceridad y humildad de Diego Ameixeiras; los melodramas bufos de Javier Márquez -solo o en compañía de otros-, que tienen la mágica cualidad de despertar a los muertos y a sus conciencias; el sulfuro de la risa que siembran Jorge Iván Argiz y Diego García Cruz, y la más que gratificante omnipresencia de ese dream team formado por Germán Menéndez y José Manuel Estébanez, y Rafa González, y Carmen Molina, y Rocío Orraca, y Marta Menéndez, y..., pues son amigos y residentes en Gijón (o en Avilés), pero sobre todo amigos, y desprenden bondad y cariño y amabilidad y otras muchas y peligrosas armas blancas que algunos (los malos) subestiman.
Y muchos, muchos más comandos y equipos especializados: Carmen Moreno y María Zaragoza (zapadoras), Molfino y Ferrari (acciones nocturnas), Cristina y Watson (inteligencia, sin duda), Paco Gómez Escribano (espionaje e infiltración), Fernando Marías (intendencia y tortillas buenas)... Ya han llegado Rosaura y Biedma. Los malvados (no son unos malos cojonudos, como le gustaría a Paco; pero es que esto no es una novela de aventuras, así que tenemos unos malos sin profundidad psicológica, bidimensionales, baratos y ramplones) se echan a temblar.
Todos, todos, todos estamos armados hasta los dientes.
La defensa está organizada. Los caballos ya tienen sus arreos. Las espadas, envainadas, aguardan. Ahora, el sonido del trote y chasquidos de armaduras y alguna risa nerviosa. Respiraciones agitadas. Los electrones se comportan como electrones (onda y partícula a un tiempo), y eso se nota en el aire. El vello se eriza.
Los malos no saben que sus oponentes viven en la frontera de la imaginación, de la zona del crepúsculo, de la Semana Negra.
Los malos no saben lo que hay al otro lado del muro de metal ni tras el muro mental que ellos mismos han levantado.
No saben la batalla que les espera.

Evil Preacher dijo
Me había enterado de cómo se intenta asesinar a la Semana Negra por la prensa ¿Por qué esta gente se siente amenazada por un evento literario y cultural? Tal sinsentido dice mucho de ellos.
28 Julio 2011 | 01:37 AM